La crisis del papel, que viene agravándose desde hace años con el boom de lo digital, se agrava ahora con la depresión económica general y se está cebando con la sensible industria de la prensa escrita, un negocio muy dependiente de factores externos y muy caro de sostener día a día.
La estrepitosa caída en los ingresos de publicidad y en las ventas de ejemplares han llevado a Vocento a poner en venta ABC -con pérdida de 60 millones de euros-, según publica el diario digital Hispanidad, que nos despierta con datos espeluznantes sobre la marcha de los principales periódicos españoles: El Mundo cerrará 2009 con pérdidas de explotación por encima de los 30 millones de euros, mientras Público espera cerrar con 32 millones de euros. La Razón, 8 millones. En beneficios, sólo El País, con más de 5 millones de euros.
El grupo Vocento, por su parte, ha desmentido que su situación financiera y la crisis de la inversión publicitaria requirieran la venta de ABC y afirma que los rumores de la venta no eran ciertos.
Son años de incertidumbre para la prensa escrita a nivel global. En EEUU han cerrado decenas de cabeceras emblemáticas y la crisis ha llevado a la quiebra a grandes compañías periodísticas como Tribune, que publica Los Angeles Times y el Chicago Tribune y dejado en la calle a miles de periodistas.
Ante este panorama, a los periódicos les toca renovarse o morir, y sostenerse por sí mismos, como cualquier empresa, sin depender de subvenciones de dudosas intenciones. La inmediatez de internet, la rápida propagación de la información a través de la red, sus menores costes de producción y la versatilidad de la prensa digital, que hoy es multimedia, obligan a la prensa tradicional a buscar fórmulas novedosas que inciten al lector a acudir al kiosco para disfrutar del placer de leer. Para informarse, para deleitarse o para formarse, para buscar otro punto de vista o para profundizar en el por qué de la noticia, pero nunca para leer lo mismo que el día anterior difundieron televisiones, radios y periódicos digitales.