Un, dos, tres... ¡pummm!... el sonido de un cohete retumba en una habitación. No, no estamos en fiestas. Es una tarde cualquiera de un mes cualquiera en Tudela de Duero. Un grupo de niños, cuyas edades oscilan entre los 5 y los 11 años se dispone a participar en un encierro. Pero que no se alarme nadie. La legislación en materia tauirna de la Comunidad de Castilla y León no permite a estos menores correr toros. Son niños y niñas que han fabricado con sus manos un recorrido de un encierro, y para ello han utilizado maderas con las que componer las talanqueras, juguetes y muñecos que completan la escena y con los que los chavales practican una de nuestras tradiciones más arraigadas: los toros.
El cohete no es otra cosa que un sonido seco contra una puerta y la acción comienza en los corrales, donde los pequeños animales, sabiamente manipulados por las manos de los componentes de la Peña Los Águilas, intentan coger a los corredores de juguete, o les permiten hacer cortes.
Todos los cortadores tienen nombre propio, en homenaje a los personajes a quienes ellos tanto admiran. ¿Y cómo no los van admirar, si desde bien pequeños los ven correr y cortar novillos en su pueblo y en los municipios cercanos, guiados por la mano de sus padres, quienes les cuentan en qué consiste esto, esta herencia que hemos recibido de nuestros antepasados y que ellos también dejarán a sus hijos?
“Papá, hay encierro en Tordesillas, anda, llévame”. Quien así habla es una jovencita de 8 años que intenta no perderse un solo festejo taurino. Si no es en Tordesillas, puede ser en Medina del Campo, Portillo, Iscar, Castronuño...
Durante la temporada 2010, tan nefasta por la crisis, los festejos tradicionales en nuestra provincia han ido al alza. Son los que mantienen viva la llama y la esperanza en el mundo de la Tauromaquia, tan vapuleado en los últimos tiempos. Subió el número de capeas, vaquillas, probadillas, encierros, mientras que los festejos conocidos como “mayores” han ido a la baja.
Mal asunto, porque un porcentaje importante de nuestro Producto Interior Bruto les corresponde, y en nuestra provincia radican varias importantes ganaderías y se mantienen varias ferias importantes. Por supuesto que para cada pueblo, por pequeño que sea, sus fiestas y sus encierros son los mejores y no podemos entender nuestras festividades patronales sin la celebración de este tipo de festejos. No hay más que observar las poblaciones donde se desenjaulan toros desde cajones para ver el éxito de asistencia y participación que suponen.
Pablo, 10 años, está preparando sus trastos. En una bolsa está guardando una muletita, un estoque simulado y un pequeño capote. Se dispone a hacer una cosa que hace años era normal en las calles de nuestros pueblos: va a jugar a los toros. Como no todos los niños tienen la posibilidad de poseer muleta o capote, él la presta a sus amigos y así se van turnando: mientra uno coge un carretón el otro dibuja una verónica o una revolera, que podrá ser más o menos perfecta, pero que intenta parecerse a la que tantas veces ve ejecutar. ¡Cuidado, ese “toro” parece no traer las mejores intenciones...!
Hay que estar preparados para todo, y antes de torear de salón se realizan diversos estiramientos, sí, como los que ven hacer a los mayores. También intentan hacer un remedo de los magníficos cortes de los que son testigos. Seguro que en su imaginación son mejores, pero no importa. Imitan a sus admirados cortadores, los heroes populares a los que niños y adolescentes siguen por toda la provincia.
Y llegará un día, con la edad cumplida, en que ellos tomarán el relevo y se enfrentarán a los novillos de verdad. Y si no son lo suficientemente valientes, al menos participarán como público en algunos de los numerosos festejos populares que jalonan cada año las calles y campos de los pueblos de Valladolid, una de las provincias con mayor tradición taurina y que de esta manera no se perderá nunca.