Desde hace algún tiempo, uno tiene la sensación de haber perdido el don de la escritura. Acaso por eso escribimos poco y tan modestamente. La escritura, ay, ese misterio recóndito del alma humana.
La escritura, además de conocimientos y buen gusto, requiere de un esfuerzo de horas y una ardua labor de miniado. A falta de tales cualidades, uno ha optado por el camino fácil de las romerías, las fiestas cerveceras y las rutas en bicicleta de montaña por los alrededores del Duero y las dehesas hermosas de Salamanca.
Escribir es tener el ánimo y la lucidez de dar con la magia de las palabras, escuchar las músicas que llevan en su interior, tantear su peso (hay palabras orondas y palabras esqueléticas), tasar su forma, lanzarlas al viento con júbilo...
Porque la gran escritura, la escritura de primera división, la que maneja palabras de oro y las dispone de un modo bello, es aquella que comunica hechos o ideas y de paso transmite sensaciones. Lo malo de hoy es que uno lee demasiadas cosas aquí y allá que no aportan ideas ni provocan sensación alguna, salvo un áspero desasosiego.
El pelmazo de Azorín, quien siempre andaba autojustificándose, ensalzándose y dando la matraca con la Generación del 98, dejó para la posteridad la estupidez de que escribir es colocar una palabra detrás de otra. Por lo mismo, pintar sería poco más que ensartar un brochazo tras otro. Sería pintura, sí, pero de brocha gorda, frente a la pintura de trazo fino, como esa orfebrería delicada de las miniaturas medievales, que finalmente acaba convirtiéndose en arte.
Así, nos gusta el Valle-Inclán de El resplandor de la hoguera que escribe: "Oyendo sus gritos sonoros en el silencio de las rocas, aquella hilada de cazadores que cruzaba como un rebaño por la carretera, sintió de pronto el aire encendido de la guerra agitar las almas...".
O el Pablo Neruda que pudo escribir los versos más tristes aquella noche de juventud: "Escribir, por ejemplo: / La noche está estrellada, / y titilan, azules, los astros a lo lejos."
O el Paco Umbral que definía la prosa artística como "un rastrillo de vanidades suntuosas infartado de bellezas excesivas".
Valle y Neruda gozaban entonces de esa extraña disposición del ánimo que te lleva a escribir con las tripas en vez de con la cabeza, el principio del docere et delectare, deleitar aprovechando, que fue el lema de tantos clásicos.
-¿Y cómo se escribe con las tripas, profe?
-Chacho, pues espera que lo piense.
Conque así seguiremos durante algún tiempo, machorro para la escritura de cierto nivel, pese a la paradoja de todo lo que acontece ahí fuera. Porque a la crisis vital de los 50 se sumaron luego las crisis económica y financiera, que nos están robando tanto tiempo, ay, y nos ennegrecen los sentidos del alma.
Las crisis vital la superaremos, un suponer, el próximo 4 de agosto con la cena de cincuentones del pueblo que promueven Hermi, Chemi y Chuchi, a la que asistiremos por derecho propio de la edad e incluso de buen grado.
Confiamos, a partir de entonces, en estar en condiciones de poder expresar algo lúcido sobre el resto de las crisis, esa patulea de sombríos acontecimientos económico-financieros que gritan y corren a nuestro alrededor atenazándonos el ánimo y que se prolongan en exceso, como nuestras zozobras interiores, ay.