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| SALAMANCA / Opinión / miércoles, 09 de mayo de 2012 |
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| En tu día |
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Enrique de Santiago |
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Desde el principio se encontraba allí. Me, te, nos cuidaba, nos mimaba, perdía la noche, el día, la tarde en buscar nuestro confort y nuestra más cómoda forma de vivir. Estaba pendiente de que el pequeño no tuviese frío, no pasase hambre, no se encontrase molesto, no tuviese el más mínimo momento de desagrado.
Aquel rostro de niña, que se había hecho mayor, que había pasado por el proceso de un embarazo como un periodo de su vida repleto de ilusión, de miedo, de novedad, de pasión, en el que observaba cómo cambiaba su cuerpo, cómo se movía un ser en sus entrañas, en el que hacía conjeturas, en silencio, sobre si aquel bebé sería niño, niña, estaría sano, se vería de este o de aquel otro modo, a la vez que, con cada día que se acercaba el momento del parto, sentía ansia por su llegada y miedo ante una situación desconocida, dolorosa, nueva.
Y llegó el día del alumbramiento y, tras el sufrimiento, la inmensa alegría de poder contemplar a su retoño, a quien había sido carne de su carne, cuerpo de su cuerpo, sangre de su sangre y que, finalmente, se encontraba a su lado y se veía como un nuevo ser independiente y, así, a la par, hacer frente de nuevo al abismo, al reto de cuidar de un ser vivo que llega sin instrucciones, que llora, que ensucia, que no habla y que exige un alimento cada tres horas, que no te deja dormir, que te angustia, que te enriquece, te arruina y te absorbe.
Con el tiempo, aquel pequeño ser te concede alegrías, penas, ilusiones, angustias que te cambian la vida y te hacen observar una nueva forma de entender el futuro, el presente y al que acomodas tu casa, tu tiempo, tu manera de ser y disfrutar para hacer que todo, absolutamente todo, gire en torno a él, en un amor sin fronteras, limpio, asexuado y sin medida por el que no sólo darías la vida, sino que la das perdiendo tu juventud, tu salud, tu ser en su favor, en una relación indescriptible y que permite entender los más intrincados secretos del ser y del devenir, todos ellos en torno a él.
Por esos días en los que nos permitieron ser, nos dieron su vida para poder desarrollar la nuestra, les exprimimos la mente, el alma, el corazón, el bolsillo, el cuerpo y las ilusiones, para hacer las nuestras, por devolverles malos modos a sus cariños, por negarles la existencia para existir nosotros, y por aquellos momentos en los que nos enseñaron a desarrollar nuestra personalidad consiguiendo llegar a ser lo que somos, nos trasmitieron las bases y fundamentos para alcanzar lo que podamos haber alcanzado cada uno de nosotros y sirvieron de savia para el crecimiento de nuestra propia humanidad, deberíamos de reconocerles, agradecerles, que si algo es nuestra existencia es gracias a ellas, para devolverles, en algún momento, un gesto de cariño, un guiño de afecto y un simple ‘te quiero’ que les permita reconfortarse de cuantas situaciones han pasado a nuestro lado, en silencio, sin decir nada, queriéndonos y queriéndonos sin ningún tipo de contraprestación. Por eso, debemos de ser bien nacidos y ser agradecidos y, sin miedo, por una vez, decirles ‘gracias mamá, por ser mi madre’.
Cada uno de nosotros considera que su padre y, en concreto, su madre son los mejores que pueda haber tenido y, si no somos conscientes, deberíamos de serlo, son los que siempre nos querrán sin pedir nada, sin esperar nada, sin desear nada más que nuestro bien y, curiosamente, de los que nos despegamos y muy pocas veces les reconocemos que les queremos, muy pocas veces les demostramos nuestro cariño y muy pocas veces, por el devenir de la vida, por la asunción de responsabilidades, por este o aquel motivo, por haberse alejado de nosotros, por habernos apartado de ellos, mantenemos esa conversación sincera, a corazón abierto, en carne viva, en la que les demostramos con palabras, con hechos, con gestos y expresiones concretas que les agradecemos cuanto han hecho por nosotros, se lo reconocemos y les amamos.
Mamá, aunque lo digo poco, gracias, te quiero, os quiero, os queremos a ambos.
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