Dice la incontestable sabiduría popular que de ilusiones también se vive. Y es que ante esta losa de pesimismo vital que se cierne en las anodinas vidas de los fugaces mortales se hace cada día mayor el esfuerzo por levantar la mirada al frente de desasosiego incierto. Las personas nos ilusionamos con las cosas positivas que nos suceden en nuestro ligero caminar por el mundo, aunque si de algo se nutre la condición humana es de la esperanza porque lo que deseamos para nosotros torne en dichosa nuestra vaga existencia.
Mantener encendida la llama de la ilusión, asir con fuerza esta antorcha que guía nuestro transcurrir en las noches de penumbra existencial, más aún cuando el paisaje que nos rodea nos abruma por hostil y lóbrego, por desconcertante en la perpetua noche y ante la imposibilidad de que contemplemos calmados y serenos un nuevo amanecer de deseos por vivir, se torna en ardua tarea en estos tiempos de desesperanza individual y colectiva.
Sin embargo, dice el diccionario de la felicidad que tampoco es difícil darse cuenta de que estas pretendidas ilusiones pueden convertirse en enemigas de quien las profesa y les jura lealtad eterna, pues en ocasiones impiden ver la realidad tal y como es. A la palabra ilusión le ocurre en castellano, algo que no sucede en otras lenguas, que su significado tiene dos interpretaciones completamente contrapuestas. Por un lado, una ilusión es una creencia que se aleja de la realidad. Podríamos entender esta acepción como el autoengaño de uno mismo, una burla a nuestros cándidos sentidos que entorpece nuestra percepción. A nuestros sentidos parece fácil engañarlos, para muestra el que ve brotes verdes cual vergel surgido espontáneamente en medio del erial económico y financiero en que vivimos.
Pero la esperanza también es el medio para alcanzar el fin último de la dicha, es nuestro plano en medio de la incertidumbre y la falta de rumbo vital. Es que aquello que anhelamos con ánimo y fuerza acabe sucediendo, el timón que nos conduce a luchar por nuestros sueños y esforzarnos por conseguir lo que ansiamos.
Ante esta disyuntiva del engaño de las ilusiones, pues podríamos pensar que nos alejan de la realidad y nos engañan, que son perniciosas y que más nos valdría huir de ellas, sin embargo, enfrentarse al mundo con un cierto grado de autoengaño y optimismo en su justa medida, esperar mejores resultados de los que finalmente conseguiremos, es la perfecta treta que nos lanza nuestra mente para adaptarnos a las pérfidas circunstancias y sobrevivir, al menos para ganar tiempo y no caer en la peligrosa vía de la desesperanza.
El pensamiento humano tiende a distorsionar la realidad en positivo, es decir, confiamos en que el futuro será más prometedor que el presente y, a la vez, tendemos a recordar nuestro pasado mejor de lo que fue; de entre todos los momentos vividos, la memoria selecciona los buenos momentos. Las ilusiones positivas mejoran la productividad, impulsando a las personas a perseverar, a batirse y revolverse contra los golpes del destino en los momentos en que nos ataca la dura realidad aliada con el vil pesimismo. Esto sería imposible de no disponer de la armadura de esperanzas y la lanza de ilusiones. Puede que los enemigos en estos tiempos sean infames caballeros pero nuestra expectativa positiva, aquella que hace que no hinquemos la rodilla al primer mandoble genera la fuerza y el entusiasmo necesario para vencer, quizás las heridas sean profundas pero seguramente que la ilusión nos habrá hecho alcanzar impensables logros y triunfos que jamás hubiéramos soñado de habernos rendido sin luchar por lo que es nuestro. Porque recuerda que lo mejor está siempre por llegar.