La historia de la humanidad es la historia de la opresión, desde que el mundo es mundo pequeñas élites de poder económico deciden el futuro y porvenir de las grandes masas controlando la sociedad mediante un sistema totalmente vertical. Evidentemente esta forma de gobierno, que se ha servido a lo largo de siglos de todo tipo de doctrinas políticas hasta llegar a una democracia enmascaradora , ha demostrado y sigue demostrando que no busca el bienestar de todos los súbditos, aquellos que ahora hacen reverencias a los nuevos monarcas sin corona y nobles sin cuna.
Nos encontramos en un tiempo de terrible incertidumbre ante una crisis económica, política y social cuyas dimensiones son aún desconocidas y sus posibles consecuencias totalmente desconcertantes para la mayoría de nosotros, simples espectadores de esta trágica comedia financiera. Pocos son ya los que confían en una clase política redentora de los males del mundo, cada día más y más cumplidores de lo público salen tímidos al balcón e intentan desperezarse abriendo los ojos entre esta bruma que no deja ver más allá de la ruina económica. Poca gente duda ya de que es la sociedad civil la que más duramente va a sufrir las consecuencias de los recortes y las políticas de austeridad para el pobre. Esto es así desde que el hombre es hombre. En otro tiempo si el Rey no tenía fondos para una nueva guerra que colmase sus ansias territoriales, si las arcas reales no podían hacer frente a la decoración de un nuevo palacio o si la Reina necesitaba una nueva tiara en su tocador, impuesto al siervo sumiso y si se quejaba se le acusaba de herejía o alta traición. Hoy poco o nada ha cambiado, los gobiernos han despilfarrado el heraldo público en inútiles megaconstrucciones (aeropuertos fantasmas, palacios para no congregar, edificios públicos de dudosa utilidad…), financiar fundaciones y organizaciones con el propósito de dividir a los ciudadanos y organizando actos y festejos cuya única finalidad es ostentar y aparentar de cara a la galería en pos de una futura relección.
Pues bien, hoy la receta sigue siendo la misma: impuestos y más impuestos que recaen como ya lo hicieran antes sobre las espaldas de los sufridos trabajadores. Si antiguamente eran los influyentes nobles los que sugerían al Rey un nuevo tributo para el pueblo hoy esos viles consejeros son los grandes empresarios, mezquinos tragaldabas que movidos por la enfermiza codicia asfixian, ya sin ningún tipo de pudor ni reticencia moral, a las clases medias. El resultado de esta tradición de dominio y sumisión se intuye día tras día en los medios, ya que si por algo se caracteriza la clase política es por su falta de transparencia a la hora de anunciar sus mágicas medidas de recuperación económica. Recortes en el Estado de bienestar, la transferencia de las cargas sociales de las empresas hacia los trabajadores vía reducción de las prestaciones, la congelación de salarios y pensiones por debajo del IPC con la consiguiente pérdida de poder adquisitivo que esto conlleva, el despido libre, los recortes, la fingida austeridad, el copago, etc, son solo algunas de las pruebas que demuestran que ante las necesidades de los poderosos siempre acaban pagando los obreros, lo hicieron nuestros antepasados y lo seguimos haciendo nosotros hoy en día. La diferencia es que en otro tiempo cuestionar las decisiones del poder podía conllevar la muerte y hoy en día la enmascaradora democracia nos permite hablar, quejarnos y revolcarnos sin que nada vaya a cambiar con ello.
Los dominadores se dieron cuenta que si se pasaban con los impuestos y levas la rebelión popular podía estallar, por eso sus estrategias de poder se dedicaron entonces a controlar las formas y a manipular las mentes de los pobres paganos para hacerles creer que la pérdida de derechos fundamentales es tan solo un sacrificio temporal que tienen que soportar por el bien común. Es increíble ver como los que antes vivían bien ahora lo hacen mejor mientras que los que apenas llegan a fin de mes tienen que aceptar todos estos sacrificios. Es sangrante ver como políticos corruptos se ríen de la justicia, como los altos cargos de empresas y cajas de ahorros se inflan sus salarios y jubilaciones mientras millones de familias tienen a todos sus miembros en paro, mientras los jóvenes mejor preparados se convierten en nuevos exiliados económicos, es duro ver como niños que no entienden de crisis tienen que aprender sin quitarse el abrigo porque no hay calefacción en las aulas. Parece un chiste pero es real, la semana pasada oía a los universitarios quejarse de que ya no había ni papel higiénico en los baños de las facultades.
¿Y qué hacen mientras nuestros benefactores políticos? Pues seguir con sus discursos vacíos para convencer a los convencidos, defender instituciones políticas donde arrojar a cargos inútiles para que no molesten, continuar con su demagogia crónica y su sonrisa impostada para seguir haciéndonos creer que este sistema impuesto es la panacea de los tiempos de bonanza. ¿Pero qué podemos hacer? Me temo que nada, por desgracia ya no nacen Larras, Unamunos, Ortegas... que con su pluma intenten lograr una sociedad más justa. Ya a nadie le importa su país, el individualismo lo invade todo, si no existe líder que guíe al pueblo la regeneración de España que propugnaban algunos de los anteriormente citados seguirá siendo papel mojado y tinta diluida antes de poder llegar a las conciencias.